Estábamos en un cuarto grande sin ventanas, acostados en una cama al centro de la habitación, sobre unas sabanas blanquísimas que de no ser por la sombra de los pliegues de esta, o de la sombra que la cama extendía en el suelo, el color de las sábanas se mezclaría con las paredes del mismo color y solo estaríamos nosotros flotando en un espacio blanco, atemporal. Yo estaba sobre tí con mis brazos bajo los tuyos, con mis manos en tu espalda. Tus piernas ligeramente abiertas y levantadas. Nos besábamos, con los ojos cerrados, mi lengua invadía tu boca por momentos breves, etéreos, apretabas mis labios con los tuyos y abrías la boca sólo para exhalar brevemente mientras te penetraba, una y otra vez, muy despacio,. Estabas húmeda, por mis piernas resbala un hilo de sudor y de tu humedad que se extendía cada vez que entraba en ti, cada vez que te besaba, cada que exhalabas. Tus brazos rodeaban mi cuello y me aprisionaban hacia tu cara como si no quisieras que me alejara, y yo cedía porque no quería alejarme.
Hicimos el amor, te dije. Así se dice ¿verdad?. Sí así se dice. Qué cliché.
Hace mucho supe que ya todo estaba escrito. Y que seguramente mi vida también, por supuesto, nuestras conductas son aprendidas y será imposible querer acabar con todo e intentar crear algo nuevo. Asumir esto no implica que tengamos que ir por la vida cometiendo los mismos errores de todos, ni que estemos condenados. Sería una lástima tener un pensamiento tan común. Siempre supe que un día iba a conocer a alguien que me haría necesitar y pensar en lo que la televisión nos vende. Porque soy un ser humano y crecí entre humanos. Siempre supe que eso me iba a pasar y aunque tardara mucho, iba a llegar y lo iba a aceptar.
El otro día le decía a Perla que ya había encontrado a esa persona. Estábamos en el Rio tomándonos una cerveza, con un montón de gente que no conocíamos ni les hablábamos pero estábamos con ellos, todos tomando, todos celebrando.